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martes, 24 de marzo de 2009

El corazón de El Salvador marcaba 24 de marzo y de agonía...

Monseñor Oscar Romero

A tenor de las últimas declaraciones del papa, incluyendo el hecho de que sus opiniones vertidas en África acabaran con el Vaticano lloriqueando en la ONU para que le tomaran en serio, yo podría afirmar que he perdido todo el respeto por las jerarquías católicas, locales y mundiales.
Sin embargo, en una fecha como hoy, que representa mucho en El Salvador, quiero recordar a quien fuera el arzobispo de San Salvador durante los primeros años de la guerra civil; alguien que merece todo mi respeto: Monseñor Oscar Arnulfo Romero.

Monseñor Romero fue el arzobispo de San Salvador desde el 23 de febrero de 1977 hasta el 24 de marzo de 1980. Como sacerdote, en sus primeros años, estuvo muy alineado a las doctrinas del Vaticano acerca de los pobres, el sometimiento total al gobierno (en esa época se trataba de una dictadura militar), etc. Sin embargo, según el tiempo fue avanzando, él comenzó a hablar contra la injusticia del país y a pedir que cesara la violencia, que era intensa en gran medida en las zonas rurales. A pesar de ser amenazado de muerte en varias ocasiones, a pesar de los reclamos del nuncio apostólico, a pesar de que el papa Juan Pablo II le llamara la atención por criticar al gobierno militar de entonces, monseñor Romero no cesó de hablar, de colaborar, de pedir justicia y paz.

Durante la homilía del 23 de marzo de 1980, monseñor Romero pidió:

"Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles... Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión"


Al día siguiente un francotirador pagado por el gobierno de El Salvador, católico, apostólico y romano; disparó al arzobispo en el momento de la consagración. Según el informe de la Comisión de la Verdad de la ONU, el asesinato fue ordenado por el mayor Roberto D'aubuisson Arrieta.

A su entierro, el 30 de marzo de 1980, asistieron más de 50,000 personas. Comandos del ejército dispararon contra los asistentes durante la homilía, lo cual resultó en otra masacre.

Monseñor Romero, para mí, representa a alguien que tuvo valor de hablar contra injusticias reales, que se preocupó porque cesara la injusticia, porque los vivos tuvieran mejor oportunidad de vivir. Y eso, a la luz de la alineación de siempre del Vaticano, da mucho que pensar...

El título de la entrada está tomado de esta poesía de Pedro Casaldaliga, obispo brasileño.



A pocos minutos del asesinato.



Entierro frente a la catedral de San Salvador




Entierro frente a la catedral de San Salvador

miércoles, 18 de febrero de 2009

Aclaraciones pertinentes.

Hace un par de días (o una semana, o un par de semanas, qué más da) yo hablaba con alguien que me comentaba que quería abandonar su creencia religiosa. Yo quise saber sus motivos, y le recomendé que no hiciera eso por un acto meramente visceral, poco razonado y sin bases, que a la larga acabara "reconvirtiéndole". En resumen, le recomendé que razonara su decisión.

Lo que yo ignoraba es que semejante atrevimiento de mi parte conduciría a uno de los debates más extraños que he tenido, en el cual se me acusó de tener ciertas "creencias ateas" que me impedían aceptar la existencia de fenómenos paranormales.

La forma en que devino el caso es curiosa: esa persona me preguntó un par de cosas acerca de ser ateo, de las razones que yo tenía para no tener alguna creencia y, bien, respondí. Lo extraño vino cuando esa persona sacó el cuento de las curaciones y los exorcismos para preguntarme por la explicación que yo les daba. Al responder que no conocía ningún caso claro y bien documentado que no fuera explicable de algún modo racional, me hizo una acusación curiosa: dijo que yo no podía aceptar cosas inexplicables porque la filosofía atea no me lo permitía. Las aclaraciones pertinentes son dos y son simples.

Primero, yo no creo en lo "inexplicable", "misterioso" o "paranormal", no porque el ser atea me lo prohíba o impida de algún modo. No dejo de creer cosas porque "bajo el ateísmo no deban creerse"[sic], sólo prefiero confiar en la evidencia real, que suele ser más sencilla, en lugar de inventar dioses y demonios que compliquen la cosa.
Luego, no se confundan. Yo no soy escéptica por ser atea. Soy atea porque veo las creencias religiosas con el mismo escepticismo con el que veo la astrología, la homeopatía, y demás creencias sin fundamentos. Antes de ser atea pensé críticamente, y el ateísmo es consecuencia directa de ello. No hay motivo para ver las cosas al revés.